/ abril 30, 2025/ Blog, Historias Personales

Había una vez una cascada de agua pura, escondida entre montañas antiguas. No era una cascada cualquiera. Su agua no solo cuidaba al cuerpo, sino que también curaba el alma y daba claridad a la mente. Quien se bañaba en ella encontraba paz. Quien la escuchaba, recordaba quién era.

La cascada no solía estar rodeada de mucha gente. Había crecido en un entorno árido, difícil, donde pocos reconocían su valor. Durante años, incluso ella dudó de su propia magia. Se fue escondiendo poco a poco, como quien no quiere molestar. Hasta que un día, decidió salir a dar un paseo. Sin expectativas. Solo con la curiosidad de volver a mirar el mundo.

La Orilla que Miraba al Mar

En su camino, se encontró con la Orilla. No era seca, pero tampoco rebosante. Era un lugar donde el agua y la tierra se rozaban con cuidado, sin prisas, sin exigencias. La Orilla parecía estar en plena búsqueda, estirándose hacia el horizonte, tratando de ver hasta dónde podía llegar. Cada día probaba un poco más allá.

Cuando se cruzaron, no hubo fuegos artificiales ni sacudidas. Solo un silencio amable y una ternura inesperada. La cascada ofreció unas gotas, sin desbordarse. Y la Orilla las recibió con gratitud.

Durante un tiempo, caminaron juntas. No era una historia intensa, pero sí tranquila. Hasta que un día, la Orilla habló.

— No puedo darte más profundidad de la que tengo —dijo—. No puedo entrar en tu mundo porque aún no sé si quiero que algo me transforme.

La cascada la escuchó con calma. No se rompió. No insistió. Solo comprendió algo nuevo: a veces el amor no duele, pero tampoco construye.

Entonces le respondió:

— Gracias por mostrarme que puedo dar sin perderme. Pero yo no vine a ofrecer solo gotas. Yo tengo más fuerza y plenitud. Y tú… aún no sabes si quieres mojarte.

La Orilla la miró con cariño. No la detuvo. Y ella siguió su curso.

El Riachuelo que no Sabía Quedarse

Después de la calma, vino el caos.

De regreso a casa, la cascada se cruzó con un riachuelo seco y ruidoso, que bajaba rápido entre piedras. Su voz era dulce, su apariencia encantadora, pero no tenía rumbo. No conocía la profundidad, pero hablaba como si la hubiera inventado.

Algo en él la agitó. Encendió una chispa que no entendía. Y aunque sabía que había algo peligroso ahí, quiso regarlo.

Y lo hizo.

Le dio agua, le dio calma, le ofreció un espejo donde pudiera verse. El riachuelo bebía, jugaba, se reflejaba. Pero nunca se quedaba. Solo volvía cuando tenía sed, cuando el sol lo había secado.

Un día, la cascada se atrevió a preguntar:

— ¿Por qué no te quedas?

Él respondió sin mirarla del todo:

— Porque si me quedo, me ahogo. Tú eres demasiada agua para mí.

Y se fue.

La cascada, rota por dentro, dejó de fluir. Sus aguas, antes brillantes, se volvieron turbias. Por primera vez, se preguntó si dar había sido un error. Se preguntó si ser cascada era una maldición.

Así que empezó a apilar piedras. Una tras otra. Hasta que su corazón quedó completamente cubierto.

Y se volvió cueva.

El Bosque que Supo Bailar con la Cascada

Convertida en cueva, la cascada se ocultó.

Había apilado tantas piedras sobre sí misma que apenas se reconocía. Desde fuera, solo se veía una grieta oscura entre las montañas. Pero por dentro, el agua seguía viva. No desapareció.  Solo se volvió silenciosa. Profunda. Silenciosa.

Pasaron los días. Las estaciones. Y un día, sin buscarlo, llegó el Bosque.

Era frondoso, lleno de raíces antiguas y ramas abiertas al cielo. Tenía claros donde el sol jugaba y refugios donde el silencio se hacía sabio. El Bosque no venía a tomar, ni a sanar, ni a romper el silencio. Solo se acercó con la paciencia de quien ha aprendido a esperar sin forzar.

— Sé que estás ahí —dijo con voz serena—. Si algún día decides salir… aquí nadie va a hacerte daño.

La cascada tembló. No era miedo, era memoria. Esa voz no le resultaba ajena. Era parecida a la suya, antes de esconderse. Una voz que no exigía nada, pero que sabía ver.

Durante días no pasó nada. Pero una mañana, la cascada movió una piedra. Luego otra. Y poco a poco, un hilo de agua empezó a salir. No lo hizo por él. Lo hizo por ella misma. Porque algo dentro suyo había vuelto a recordar que esconderse no era protección… era olvido.

El Bosque no aplaudió. No corrió a tocarla. Solo abrió un poco más sus ramas y le ofreció sombra cuando el sol la quemaba. No huyó de sus lluvias, ni temió su caudal. Supo sostenerla.

Cuando la cascada rugía, él no intentaba calmarla. Solo la escuchaba.
Cuando se quedaba en silencio, él no llenaba el vacío. Solo la acompañaba.
Y cuando brillaba, no intentaba contener su luz. Solo la celebraba.

Por primera vez, la cascada no sintió que tenía que explicarse para ser entendida.
Y un día, le dijo al Bosque:

— No vine a llenar tus raíces. Solo quiero entrelazarme contigo si tú también quieres crecer.

El Bosque no dudó.

— Entonces hagamos hogar —dijo—. Y si un día sales de tu cauce, haré canales con mis raíces para acompañarte. No para contenerte, sino para aprovechar tu fuerza. No me asusta tu intensidad. Porque tu agua no es un desborde: es un regalo que aprendí a sostener.

Y así, la cascada volvió a ser río. Esta vez no por necesidad, ni por urgencia, sino por elección. Y su agua, por fin, encontró tierra fértil donde fluir sin límites y sin miedo. Un lugar donde ya no tenía que preguntarse si era demasiado. Porque ahora sabía que siempre fue suficiente.

Foto de John Rodenn Castillo en Unsplash

Epílogo:

La cascada no dejó de ser cascada.
Pero ahora sabía que no todo el mundo merece su caudal.
Y que hay lugares donde sí es seguro florecer.

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