/ mayo 27, 2025/ Blog, Desarrollo Personal, Historias Personales

Volver Duele Más Que Irse

Hay una verdad incómoda que los blogs de viajes no mencionan: volver duele más que irse. Pero esta experiencia, que para algunos es un privilegio… para otros es una herida abierta.

Después de cuatro años en Londres, España ya no olía a hogar. Lo que llamamos «choque cultural inverso» es en realidad un duelo. El de darte cuenta de que no has cambiado tú: ha cambiado tu manera de ver el mundo.

Es un lujo poder decir «me fui porque quise». Y sí, fue una elección en mi caso. Soy consciente de que muchos nunca tienen esa opción, pero no lo hace menos complejo.

La Migración No Es Un Viaje (Y Esta No Es Su Historia)

Cuando hablo de «no encajar», lo hago desde el privilegio de:

  • Un pasaporte que me permite volver.

  • Una maleta llena de elecciones, no de supervivencia.

  • La seguridad de saber que mi identidad no está en peligro.

Los verdaderos eternos extranjeros son quienes emigran sin red: aquellos a quienes el acento les delata, a quienes preguntan «¿y cuándo te vuelves?» como si su vida aquí fuera provisional.

Aún así, este desarraigo voluntario deja cicatrices:

  • La paradoja del privilegio: Extraño lo que elegi dejar, pero sé que volver atrás sería negar quien soy ahora.
  • La culpa del que se fue: Mis amig@s hablan de crisis que no viví, y yo callo mis nostalgias para no sonar pretenciosa.
  • Los rituales como salvavidas: Mi té taiwanés con pan con aceite no es una excentricidad, no lo hago por llamar la atención. Es lo que me impide ahogarme entre dos aguas.

Ser Extranjera Dentro de Tu Propio País

Nací en Almería, me crié en Canarias, y nunca fui del todo de ningún sitio. En Canarias, el fuerte sentimiento de pertenencia de los isleños me hacía sentir aún más ajena. En casa tampoco teníamos flamenco ni tradiciones regionales madrileñas. Siempre sentí que estaba fuera de lugar, incluso en mi propio país.

Con los años he entendido que eso no es una carencia. Es una forma distinta de estar en el mundo.

Ser extranjera fuera es fácil de entender. Serlo dentro de tu propia cultura, no tanto. Pero ese no-pertenecer me enseñó a mirar desde los márgenes, a observar sin expectativas de encajar.

Aprendí a sostenerme entre culturas, no a elegir una.

Ciudadana del Mundo

El síndrome del eterno viajero no tiene cura.

Pero en ese no-pertenecer hay un regalo inesperado: la libertad de ser muchas cosas a la vez. De llevar España en el acento, Londres en los modales, Taiwán en la cocina, y Cuba en la forma de bailar. 

Ser «ciudadana del mundo» no es un eslogan bonito para mi, sino mi manera de ver y vivir la realidad que nos rodea.

Ser ciudadana del mundo no es estar en todas partes. Es aprender a habitar entre culturas sin pedir permiso y hacer hogar en lo simbólico: una canción, una palabra compartida, un cuerpo que resiste y se adapta.

Una Identidad Sin Fronteras

Mi identidad no cabe en una sola bandera. He echado raíces en distintos suelos, no para anclarme, sino para sostenerme. Y quizá por eso, al final, he encontrado mi lugar justo en el centro de esa incomodidad:

  • Donde no pertenecer también es pertenecer.

  • Donde todas mis versiones tienen espacio.

  • Donde la diferencia no separa, sino que sostiene.

Porque no pertenecer también es un lugar. Y el mío, aunque no tenga mapa, existe y se expande conmigo.

vivir entre culturas y con una identidad fragmentada por la migracion
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